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TÓNICO PARA EL ALMA



El odio: un tóxico mortal para el hombre

"Tomemos la sabia decisión de dejar este sentimiento nocivo a un lado" 

 

El odio destruye implacablemente la paz interior y nos lleva a vivir estados emocionales tan deprimentes que buscamos saciar nuestro dolor con la venganza, la posibilidad de ver al otro destruido y sufriendo. Albergar sentimientos de odio lo único que nos proporciona es tensión, estrés y dolor, que poco a poco se acumulan en nuestra mente, los absorbe el corazón y los somatiza el cuerpo. El odio está catalogado clínicamente como uno de los tóxicos mortales más eficientes. Entonces la pregunta es: ¿por qué no podemos dejar a un lado ese veneno mortal?

Tomemos la sabia decisión de dejar este sentimiento nocivo a un lado, aceptemos liberarnos con humildad y pidamos a Dios, con mucha fe, que nos de paz, misericordia, bondad y entendimiento con nosotros mismos y con los demás. Al respecto, el siguiente relato es muy elocuente.

 

El dueño de una empresa gritó al administrador porque estaba enojado en ese momento. Éste llegó a su casa y gritó a su esposa, acusándola de gastar demasiado al verla con un vestido nuevo. Ella gritó a la empleada porque rompió un plato. La empleada dio un puntapié al perro porque la hizo tropezar. Éste salió corriendo y mordió a una señora porque obstaculizaba su salida por la puerta. Ella fue al hospital a vacunarse contra la rabia y gritó al joven médico porque le dolió cuando él le aplicó la vacuna. Éste llegó a su casa y gritó a su madre porque la comida no era de su agrado. Ella le acarició los cabellos diciéndole: “Hijo querido, mañana te haré tu comida favorita. Tú trabajas mucho, estás cansado y necesitas una buena noche de sueño. Voy a cambiar las sábanas de tu cama por otras limpias y perfumadas para que descanses con tranquilidad. Mañana te sentirás mejor”. Luego lo bendijo y abandonó la habitación dejándolo solo con sus pensamientos. En ese momento se interrumpió el círculo del odio, porque chocó con el de la tolerancia, el perdón y el amor.




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